Última entrada: Cierre de una etapa

Escribo esta última entrada del blog con las maletas preparadas y haciéndome a la idea de que ya me encuentro en mi último día de Erasmus+ en Tetouan, mi último día compartiendo espacio de trabajo con mis compañeros del Cervantes.

He de reconocer que, cuándo planificaba mi etapa para el Erasmus+, e incluso cuando llegué a Marruecos, no me imaginaba que llegado el día de volverme a casa fuera a sentir pena, pero así es.
Si bien tengo unas ganas locas de coger el avión, llegar a Valdemoro y abrazar a mi pareja y a mi gato, descansar unos días, y empezar a trabajar en mi siguiente etapa vital, he de reconocer que me iré de aquí con una nota agridulce, echando de menos aspectos de mi vida en Tetouan, y, sobre todo, al personal del Instituto Cervantes, que han hecho todo lo posible para hacerme ver que en Tetouan tengo una segunda casa.

Echando la vista atrás, he de reconocer que llegó un momento en que prácticamente me había olvidado de que estoy aquí por un programa becado de prácticas, y mi mente ya se había adaptado a que esto era mi vida. Por supuesto, ha ayudado bastante en este sentido los constantes elogios y el apoyo que han mostrado mis compañeros, insistiendo en la valía que tengo para ellos y lo mucho que me van a echar en falta una vez no esté, tanto a nivel profesional como a nivel personal.

No tengo mucho que decir sobre mi semana, ya que ha sido principalmente dedicada a ir preparando la vuelta a casa y recuperarme del fin de semana pasado, ya que cuando fui a la playa me expuse más de lo debido al sol y acabé igual que un inglés en Cádiz, así que esta entrada es sobre todo una de reflexión y confesiones.

Siguiendo con el hilo anterior, lo que yo creía que iba a ser una etapa principalmente performativa, orientada a vivir experiencias que, de otra forma, no tendría oportunidad de experimentar mientras hacía bonito para mi currículum, ha terminado siendo una experiencia transformadora que me ha reforzado varias cosas importantes sobre mí y sobre el mundo que ya conocía, pero no había internalizado aún:

    Por un lado, esta experiencia ha terminado de reforzar una lección que para mucha gente es tan natural cómo el respirar, pero que, debido a las circunstancias de mi vida, he tardado mucho en aceptar, y es que sé que allá dónde vaya, haré un buen trabajo. Y no se trata de pensar que soy mejor que nadie o de creer que todo lo sé, se trata de que soy una persona responsable, capaz y resolutiva, que haga lo que haga me voy a asegurar de que esté bien hecho, y eso es la base de cualquier buen trabajo.
    Por otro lado, he visto que definitivamente me puedo adaptar a prácticamente cualquier ambiente en tiempo récord. A pesar de que el primer día fue relativamente confuso al haber llegado en tiempos de Ramadán, no tardé ni una semana en haberme hecho a la vida y el ritmo de la ciudad, a interactuar con los dependientes de los diversos negocios, y al ritmo de trabajo en el centro. En definitiva, tengo claro que soy bastante camaleónico, y esto es una gran ventaja que pienso seguir explotando a lo largo del resto de mi vida.
    Por último, si algo me ha terminado de reforzar esta experiencia, son las ideas de que lo que más necesita este mundo es paciencia, amabilidad y ganas de colaboración. Me acuerdo que cuándo la gente sabía que me tocaba vivir esta experiencia en Marruecos, la mayoría de las reacciones estaban teñidas de preocupación, sospecha y miedo. La gente hablaba principalmente sobre el choque cultural y las diferencias que iba a encontrar… Pues bien, al final lo que he encontrado ha sido gente paciente, amable y dispuesta a colaborar con una persona extranjera que no domina el lenguaje local. Gente dispuesta a entenderse cómo fuera necesario, a compartir sus formas de ver el mundo y, sobre todo, a aceptar que no todos la compartan.

    Por supuesto esto no es una experiencia universal. Soy consciente de que he tenido la maravillosa suerte de interactuar con personas acogedoras y respetuosas, dispuestas a romper las barreras necesarias para asegurar una comunicación satisfactoria para todo el mundo; actitudes que, por otro lado, han podido existir gracias a que yo mostraba esas mismas intenciones. No obstante, esto no elimina la realidad de que hay gente más cerrada, y de que las diferencias culturales y, sobre todo, sociales, son una realidad que tampoco hay que ignorar… Pero desde luego me queda más claro que nunca que lo que necesitamos en este mundo es menos competición y hostilidad, siempre buscando lo diferente para reaccionar a ello de forma negativa, y más colaboración y amabilidad, tratando de buscar aquellas cosas que nos permiten colaborar y buscar un mundo más sano.

    Y con esta reflexión cierro la última entrada de mi blog, despidiéndome oficialmente de esta etapa, y apreciando mis últimos momentos en Tetouan, que ha conseguido ser mi segunda casa.

    Decimosexta semana y bonus.

    Soy consciente de que la semana pasada volví a jugar con las expectativas, prometiendo una segunda parte de la entrada que nunca llegó.

    En mi defensa diré que, aunque el verano sea más suave que lo que me espera en mi pronta vuelta a España, estos últimos días han sido una neblina de anulamiento físico y mental debido a las altas temperaturas y el bochorno provocado por la alta humedad ambiental.

    Este fin de semana iba a volver a visitar Tánger, pero al final no fue posible, así que en su lugar se ha visto sustituida por una semana tranquila en el trabajo, pesada y pastosa fuera del mismo, y una visita a la playa de la que acabo de volver a la hora de escritura de esta entrada.

    En un principio el plan de playa iba a ser más largo, pero me temo que se vio interrumpido porque mi compañera de piso tuvo la mala suerte de ser azotada por un oleaje descontrolado, aterrizando sobre uno de sus tobillos y torciéndoselo en el proceso.

    Así que sin más dilación, procedo a escribiros un resúmen de mi visita a Tánger, y dejaré una serie de imágenes, que dicen más que mil palabras cada una, y con esto cerraré la penúltima semana antes de regresar a casa:

    Tánger es una ciudad muy diferente de Tetouan, a pesar de la cercanía. Si tuviera que hacer un símil con España, es un poco como la diferencia que puedes encontrar entre Valdemoro, o Ciempozuelos, hacia Madrid, pero esta comparación no le hace del todo justicia.

    Empecemos con una confesión. No me gusta nada Madrid, especialmente el centro. Es un sitio al que he ido muchas veces porque no queda otra, pero el barullo constante, las multitudes, el nivel de polución, y las políticas cada vez más agresivas que pretenden convertir la ciudad en un espacio totalmente hostil a toda persona que no esté allí para gastarse dinero… No son cosas que pueda tolerar bien.

    Pero hay una cosa que cualquiera que viva en las afueras sabe y no puede negar, y es que si quieres encontrar tiendas específicas o hacer planes distintos a pasear o tomar algo, la apuesta más segura es abandonar tu ciudad y aventurarte al centro (O como contraparte, ir al campo, según el tipo de plan).

    En esos aspectos son en los que más fiel encuentro la comparación entre Tánger y Madrid, ya que, en contraste con Tetouan, es una ciudad bastante más modernizada, con gente menos apegada a las tradiciones y mayor cantidad de negocios y cosas que ver.

    Por otro lado, la ciudad está mucho mejor cuidada, con calles anchas y limpias, edificios con fachadas cuidadas y más opciones de restaurantes para dietas veganas, además de una mayor presencia de parques verdes que te invitan a pasar tardes a la sombra de algún árbol, disfrutando del frescor que aportan.

    En definitiva, tras varios meses viendo una cara de Marruecos en Tetouan, la visita a Tánger fue como un soplo de aire fresco, mostrándome otra cara de este país totalmente diferente, que ni siquiera sabía que existía.

    Decimoquinta Semana: Tangier y las Cuevas de Hércules

    Tal y cómo comenté, estas últimas semanas se ven marcadas por todos los planes que no he tenido la ocasión de ir haciendo durante los primeros meses de mi periodo de Erasmus+

    En esta semana, compartí bus y taxis con mi compañera de piso para visitar Tangier, pasear con una persona con la que congeniamos durante la feria del cómic y, al fin, cumplir con mi objetivo de visitar las Cuevas de Hércules antes de abandonar Marruecos.

    Dicho esto, quiero partir de un aviso honesto. Actualmente la entrada a la cueva está detrás de un muro en forma de un pago de 8 euros para visitantes extranjeros, y siendo realistas, a no ser de que las cuevas os gusten tanto como a mí, y también seáis aficionados a la mitología… No vale ese precio, con esos 8 euros podéis comer fuera un día o hacer alguna actividad que compense más el gasto.

    No obstante, en mi caso si que mereció la pena. Por un lado, adoro la naturaleza en general, y las cuevas en concreto siempre han tenido algo que me transmite mucha calma y despiertan mi curiosidad, efecto que las famosas Cuevas de Hércules consiguieron con creces. Se trata de un espacio que puedes contemplar prácticamente entero nada más entrar, y aún así no deja de ser algo impresionante. Su entrada por tierra no tiene nada de especial, más allá de la mano humana habiéndola decorado para darle un toque de escenario de película y representar las doce tareas encomendadas por los dioses griegos al semidios Heracles. Pero su entrada por el mar tiene la particularidad de tener una apertura con la forma de la silueta del continente africano.

    No se cuenta con demasiada información de la cueva, más allá de que las leyendas afirman que allí fue dónde Heracles descansó antes de su undécima prueba, consistente en robar las manzanas del jardín de las hespérides, y que se sabe que es una cueva de formación principalmente debida a la erosión del viento y el agua, además de haber sido explotada en tiempos de los fenicios para extraer piedra con la que construir molinos.

    Además de las Cuevas de Hércules, el taxista aprovechó y nos llevó en una ruta turística a lo largo de la costa, pasando también por el faro del cabo del Espartel, al cual no pasamos, pero disfrutamos de sus vistas y de la presencia de jabalíes en la zona:

    Y por último, disfrutamos de una tarde por Tangier, la cual describiré con fotografías en la segunda entrada de la semana.

    Decimocuarta Semana: Free Tour y playa

    Esta decimocuarta semana se ha visto marcada por un fin de semana animado, marcado por el calor veraniego.

    He de destacar que soy una persona que prefiere mil veces el frío, ya que el calor y el sol intenso siempre han tenido un efecto drenante en mí. En este sentido, me siento muy en sintonía con los ordenadores, ya que literalmente noto como con el sobrecalentamiento del verano me ralentizo, mis pensamientos se hacen más pesados, y me canso mucho antes, teniendo que detenerme y refrescarme antes de poder retomar cualquier tipo de actividad.

    Teniendo esto en mente, debo decir que el verano en Tetouan no es tan desagradable como allí en España. Las temperaturas máximas, aunque ya resultan intolerables para mi aguante personal, son considerablemente más bajas que en Madrid, por no mencionar que hace mucho más viento y, quizá lo más importante de todo, las noches vienen acompañadas de bajadas de temperatura significativa, sirviendo como refugio para recargar pilas.

    No obstante, es cierto que el piso en el que estoy está mal equipado contra el calor, sin ningún tipo de ventilador o aire acondicionado, y con la mala suerte de que mi habitación está orientada de tal manera que durante el día y la tarde recibe el sol de lleno, lo que la convierte en un pequeño horno y me motiva a pasar más tiempo fuera, dónde la temperatura es más soportable.

    A raíz de esto, este fin de semana realicé dos actividades que jamás habría previsto que se interconectarían:

    El viernes me apunté junto a mi compañera de piso a un Free Tour por Tetouan, para ver si descubríamos secretos que no hubiéramos visto previamente.

    Principalmente visitamos la medina, y vimos que, pese a llevar varios meses recorriéndola todos los días de camino al trabajo, aún guarda muchos secretos.

    Visitamos zonas de la medina reservados para la venta de telas tejidas a mano por los Amazigh o Bereberes (Ambos nombres problemáticos y arraigados en un colonialismo que daría para escribir varias entradas en un blog totalmente diferenciado de este, pero invito a cualquier persona que lea esta entrada a investigar al respecto), así como distintas rutas que desconocíamos y que definitivamente visitaré a lo largo de estos días de forma más detenida.

    También descubrí la última pieza del puzzle que permite recorrer la medina sin ningún miedo a perderse.
    Las calles de la medina tratan de una serie de callejones laberínticos y estrechos, con muchas calles sin salida y muy parecidas entre sí, pero cuando sabes en qué fijarte, en realidad resulta muy sencilla de recorrer:

    En Tetouan, la medina tiene 7 puertas que la conectan con diversos distritos de la ciudad, y todas sus calles siguen un código compuesto de unas losetas con símbolos grabados, y un diseño diferenciado de la parte central.

    De esta manera, viendo los símbolos puedes saber qué hay en la cercanía. Un símbolo representa fuentes con agua, otro símbolo representa la presencia de una de las 7 puertas, otro símbolo representa que estás acercándote a un monumento o barrio histórico, mientras que el último símbolo representa que estás entrando a una zona reservada a la artesanía.

    Además de estos símbolos, que están justo en el centro, verás un código muy simple pero efectivo para diferenciar las tres tipo de calles que componen este patrimonio de la humanidad:
    Si el centro de la calle está compuesto por tres losetas paralelas entre sí, sabes que estás recorriendo una calle principal.
    Por otro lado, si el centro de la calle se compone de dos losetas paralelas, es una calle secundaria.
    En última instancia, te puedes encontrar una calle con una sóla fila de losetas centrales, lo cual indica que vas a dar a un callejón sin salida.

    Con esta información en mente, la medina ya no guarda secretos, y lo que antes era un laberinto de callejones imponente y misterioso, ahora es incluso más sencillo de navegar que las calles abiertas y largas de cualquier ciudad moderna.

    Durante nuestro free tour, hicimos buenas migas con el guía local, que nos invitó a un té y con quien hicimos planes de bajar a la playa de Cabo Negro al día siguiente.

    Ese día se nos unió Llyas, un malagueño de ascendencia argelina que visitaba la ciudad durante el fin de semana, y los cuatro juntos pasamos un día lleno de risas y conversaciones sobre nuestras vidas y formas de entender el mundo, además de jugar al parchís, pasatiempo muy establecido en Marruecos, y con reglas similares pero diferentes a las de España, y, por supuesto, remojarnos en el mar.

    También aprovechamos la cercanía a la playa para comer en un restaurante situado justo al lado del puerto en el que traen los peces recién pescados, y darnos una buena panzada a calamar, sardinas y gambas por un precio totalmente anecdótico:

    En definitiva, tal y como prometí, este fin de semana marca el inicio de unas semanas en las que podré subir entradas más refrescantes y llenas de actividades, y más aún ahora que contamos con el contacto de una persona local dispuesta a llevarnos a mil y una aventuras, para marcar el último mes de mi estancia en Tetouan con el frenesí característico del verano.

    Semanas Decimosegunda y Decimotercera: Caos y desconexión.

    Debo empezar pidiendo disculpas por la ausencia de entrada de blog para mi duodécima semana en la experiencia Erasmus+ Lo cierto es que fue una semana agotadora, durante la cual dediqué a mi trabajo bastantes horas extra fuera de las que figuran en el acuerdo Erasmus+, puesto que se juntaron los exámenes DELE de Mayo, en los que cientos de Tetuaníes se ponen a prueba para conseguir un certificado de dominio del lenguaje español que les permita aspirar a mejores vidas, con la feria del cómic de Tetuán, un evento pequeño organizado por la universidad de artes, en la cual el Instituto Cervantes abrió un stand promocional de su biblioteca, a cargo de la otra becaria y de la persona que escribe estas líneas.

    Debido a ello, lo cierto es que si bien tenía en mente subir un par de entradas el domingo, como ya se ha vuelto habitual, ese día estaba tan agotado y desprovisto de fuerzas que se me terminó pasando el tiempo.

    Hoy tampoco tengo muchas energías para escribir una entrada genuinamente interesante, las cosas como son. Pero por un motivo totalmente distinto.

    Esta semana se celebraba el sacrificio del cordero aquí en Tetouan, con lo cual el centro cerraba, y aprovechando el momento decidí viajar de vuelta a España para recuperar contacto con mi familia, mi pareja y mi gato George.

    Por tanto, escribo esta entrada recién llegado a Tetouan del aeropuerto, y sin ganas de nada más que tirarme en la cama y descansar, para mañana volver a la rutina en el Cervantes.

    No obstante, esta tarde intentaré añadir una segunda entrada hablando más en detalle de las experiencias durante la feria del cómic y los exámenes DELE, y en las semanas que quedan de mi aventura Erasmus+ haré por ser más puntual a la hora de anotar los recuentos.

    Undécima semana: Parte 2

    Durante la segunda entrada de esta semana, vamos a centrarnos en el fin de la misma.

    Una compañera del Instituto Cervantes nos dio tanto a la otra becaria como a mi dos entradas para un concierto tributo de los Gipsy Kings, en el Teatro Español a las 20:30 del sábado. A su vez, nosotros ya teníamos planeado hacer una visita a Chefchaouen ese mismo día, aprovechando que ya hace mejor tiempo y lo barato que es el bus (Menos de 4 euros ida y vuelta).

    Así pues, ha sido un fin de semana movidito y cansado, pero también lleno de experiencias.

    La visita a Chefchaouen empezó con un viaje en bus durante el cual aproveché para sacar fotografías y hacer algún que otro vídeo del paisaje, que me recordaba en bastantes aspectos al tipo de paisajes que veo cuando visito la casa del pueblo en Extremadura.

    Una vez en Chefchaouen, caminamos desde la estación de buses hacia el centro de la ciudad, subiendo por una cuesta tan inclinada y extensa, que hicimos una broma sobre que íbamos a necesitar material de escalada.

    Pero llegar a la medina hizo que mereciera la pena. La medina de Chefchaouen es incluso más caótica que la de Tetouan, llena de pasadizos y recovecos plagados de tiendas, murales y vistas increíbles.

    Desafortunadamente, también es un destino muy turístico, y esto significa que las calles estaban abarrotadas, y llenas de turistas que no sólo hacían el circular más difícil, si no que, como en cualquier otro sitio, acostumbran a ser ruidosos y poco respetuosos con su entorno, parece que la gente se piensa que cuando están fuera de su ciudad pueden dejarse el respeto y la educación guardados en sus armarios, para que no cojan polvo.

    Visitamos varios negocios, en los que nos invitaron a hacernos fotografías, nos camelaban para intentar vendernos cosas, y, en ocasiones, lo consiguieron. Salí de allí con aceite de argán perfumado, para masajes, una muñequera de cobre y un pack de especias que ya he tenido el placer de probar en un rico guiso de lentejas:

    Entre otros muchos negocios, pasamos delante del puesto de un pintor, cuyos cuadros eran verdaderas obras de arte. Uno en concreto me cautivó, y me provocó mal sabor de boca por no tener más dinero para haberme podido llevar alguna versión a casa. Pero eso no me impidió hablar con él, y hacerle saber lo mucho que me había movido. Este me enseñó la primera versión del cuadro en respuesta, y le dije que, aunque no podía permitirme comprarlo, quería poder mostrarlo a más gente, y me dio permiso para hacerle una fotografía:

    También paramos a desayunar en la plaza El Haouta, y observamos a los gatos locales en sitios de lo más adorables:

    Al final os dejaré con más imágenes del viaje. Por desgracia no estoy pudiendo subir galerías ya que está habiendo errores a la hora de escribir imágenes en el disco, lo más probable es que hayamos rebasado el espacio disponible, y eso es algo que no tengo permisos para editar.

    No obstante, he de decir que la visita a Chaouen no fue todo risas y placer. Como tantas otras cosas en mi estancia en Marruecos, junto a esa arquitectura espectacular, la naturaleza vibrante y la gente acogedora, te persigue siempre la sombra de una realidad muy marcada por la pobreza, el abandono por parte del gobierno y el daño que hace el turismo a la naturaleza local.
    La ciudad es muy bonita, pero a cada dos pasos que das ves edificios gritando por recibir mantenimiento, calles en mal estado y gente local desprovista de infraestructura para llevar una vida diaria en condiciones. En su lugar tienes hoteles y bares, los cuales los propios locales te dicen que la mayoría pertenecen a Españoles que compraron casas para convertirlas en negocios.
    Por otro lado, los animales están desprovistos de atención veterinaria y refugios adecuados, por mucho que la gente de alrededor los trate con amabilidad, y es difícil poner los ojos en vegetación o cuerpos de agua que no estén plagados de plásticos y otros tipos de deshechos no biodegradables.

    Y quería hablar también del concierto de los Gipsy Kings, pero está siendo una entrada muy larga, así que aprovecho y lo dejo en el tintero para la semana que viene, dejandoos en su lugar con una última reflexión sobre la experiencia en Chaouen, y las prometidas imágenes.

    En definitiva, el viaje a Chefchaouen fue una mezcla entre lo frenético y estimulante de un destino lleno de cosas que ver y gente de la que aprender, con la dura realidad de una sociedad enfocada en el consumismo, la explotación de recursos y el maltrato a personas, animales y paisajes para el beneficio de unos pocos privilegiados. Fue un día más dando fuerza a la idea de que cada vez es más necesario que levantemos las cabezas, darnos cuenta de que estamos viviendo la vida a un ritmo que provoca el sufrimiento de millones de vidas en pos del beneficio de unos pocos, y empezar a valorar más este mundo que nos sustenta, dar menos fuerza a la maquinaria capitalista y centrarnos más en cuidar, conservar y apoyar a aquellas personas, animales y paisajes cuya tortura diaria está invisibilizada o normalizada.

    Undécima semana: Parte 1

    Esta semana de Erasmus se ha visto marcada por un hito en mi entorno laboral y por la puesta en marcha de planes fuera del mismo.

    Centrándonos en el entorno laboral para esta primera parte, he continuado siendo una pieza clave para el Instituto Cervantes durante su transición a nuevas herramientas de administración y gestión de los fichajes.

    Cuando llegué a Tetouan, una de las primeras cosas que hice a nivel laboral fue ayudar a la administradora del centro a familiarizarse con una aplicación orientada a la gestión de los calendarios laborales y fichajes de los empleados, y entre otras cosas, terminé elaborando un manual no oficial para el usuario administrativo, ante la falta de material oficial provisto por la empresa que desarrolló la app.

    Esta semana, hemos terminado de resolver algunas dudas importantes sobre el funcionamiento de la aplicación, y además la administradora me ha hablado de cómo mi manual está circulando por distintos centros del Instituto Cervantes a lo largo del globo, ayudando al personal de administración a hacer un uso correcto de la aplicación, y aparentemente no hay más que elogios sobre lo bien desarrollado que está y lo útil que lo están encontrando.

    Evidentemente, escuchar esas palabras, y saber que un manual que me esforcé en crear de la forma más comprensiba posible esté facilitando el trabajo de tantas personas, por no mencionar el saber que mi nombre va a estar asociado a facilitar la vida dentro de la institución, hace que me sienta orgulloso de mi progreso como persona y como profesional, viendo que en unos pocos meses he conseguido ser una pieza tan importante dentro de la maquinaria de la institución.

    Por otro lado, la semana no ha estado desprovista de eventuales intervenciones. Solucionar problemas con un monitor que no encendía, revisar las configuraciones de algunos PCs que daban problemas, y ayudar a construir una cámara multiplano casera, para una exposición sobre stop motion que va a realizarse esta semana que está a punto de empezar.

    En definitiva, mi estancia en el Instituto Cervantes está siendo bastante curiosa, y me está permitiendo adquirir habilidades y conocimientos muy diversos, que permiten potenciar mi versatilidad. Si bien es cierto que en cuanto a sistemas y redes, precisamente mi sujeto de estudio, estoy aprendiendo bastante más con mis proyectos personales que dentro de la institución, tampoco me quejo del resultado, ya que el entorno laboral me está aportando otras habilidades igualmente importantes, como es el coordinarme con un equipo multidisciplinar, aprender a gestionar mi parte del trabajo de forma proactiva, y saber priorizar tareas, ya que no es poco habitual que un día se me acumulen tres o cuatro tareas simultáneas.

    Décima Semana: Una nueva rutina.

    Escribo tarde la entrada de esta semana, y no mentiré, es única y exclusivamente porque casi se me olvida tomar registro.

    Con la llegada de la nueva compañera de piso, mi vida fuera del trabajo se ha vuelto más animada y caótica, pero en un buen sentido.

    Antes, al vivir totalmente sólo, una vez salía del trabajo el tiempo que quedaba era totalmente para mí, y generalmente lo invertía en pasar tiempo de calidad con mi pareja, trabajando en mis proyectos personales y, cuando el tiempo y el clima lo permitían haciendo algún plan por la ciudad.

    Estos días, el tiempo también lo he estado administrando en hacer planes varios con la compañera, gestionar visitas a sitios de la ciudad, aprovechando detalles como que en Tetuán, si compartes taxi, puedes viajar a la playa por la anecdótica cantidad de 6 Dirhams, es decir, 60 céntimos, y de paso el impulso extra que te da a la hora de revisitar sitios el decir «Voy a enseñárselo a otra persona».

    Además hemos ido incluyendo de forma bastante orgánica detalles agradables en nuestra rutina. Por ejemplo, un día volviendo del trabajo, al pasar por la panadería que hay cerca de casa, me dio por cotillear sus pasteles. Vi una tartita rectangular de caramelo que tenía muy buena pinta, y, sabiendo lo barata que es la comida en esta ciudad, decidí coger una para mí y, de paso, una para la compañera, porque un placer compartido siempre es el doble de placentero.

    Ante este gesto, ella se ofreció a pagarlo, pero yo le dije que no hacía ninguna falta, que se trataba de un detalle sin mayor intención, y se le ocurrió una contraoferta que sí que no pude rechazar: Al día siguiente, ella compraría algo para ambos en la panadería, y vamos a ir intercalando de esa manera, a ver cuál de los dos trae de vuelta más pastelitos que nos gusten a ambos.

    Además de estas nuevas rutinas, hemos visitado Martil de nuevo, esta vez pudiendo pasarnos por el centro socio cultural Lerchundi, que me recuerda inevitablemente a La Tabacalera de Madrid. Se trata de una antigua iglesia, abandonada y reutilizada como centro con biblioteca, espacios para clases y conferencias dónde se da un lugar a la juventud de Tetouan y Martil para reunirse y tratar temas importantes hoy en día como feminismo, organización en contra de la opresión, orientación para navegar un entorno socio económico cada vez más hostil hacia la clase obrera, etc…

    Además, tenemos pendiente volver algún domingo a ver que ambiente hay en las Jam Sessions que ofrece el centro.

    Y bueno, desde luego con este nuevo añadido en el piso, todo apunta a que estos dos últimos meses de Erasmus van a ser mucho más movidos que los anteriores, así que espero que estéis preparados para entradas más cargadas de movimiento y anécdotas divertidas.

    Novena Semana: Marruecos y Risotto

    Para la segunda entrada de esta novena semana me decanto por un formato ligeramente diferente:
    En vez de hablaros sobre mi día a día, o explicar por qué he hecho ciertas cosas o no he hecho otras, voy a centrarme en dos temas concretos: Mi visita al instituto Jacinto Benavente, y una receta de risotto, porque… ¿Por qué no?

    Empecemos por la visita al Jacinto Benavente. Se trata de un colegio infantil en el que se dan clases de español. Es un edificio antiguo, enorme y muy bien cuidado que la verdad es que dan ganas de quedarse en él.

    Aparte del descomunal patio que sirve de entrada al centro, tienes un edificio que combina de forma bastante elegante una arquitectura claramente antigua, con facilidades y decoraciones más modernas, consiguiendo que se mezclen de forma natural.

    Aunque las visitas a este centro han sido meros trámites laborales, para informar de una incidencia técnica con una pantalla táctil, la verdad es que ha sido todo un descubrimiento, y tengo muchas ganas de que llegue el sábado 23, durante el cual hay un evento del Cervantes que se organiza en el Jacinto Benavente, y seré parte del personal que estará asegurándose de que todo funcione correctamente.

    Pero ahora es momento de hablar del Risotto.
    Sí, soy consciente de que estoy de Erasmus+ en Marruecos y el Risotto es una receta italiana, pero vivimos en pleno siglo 21, lo único que debería detenernos a la hora de preparar alguna receta son los ingredientes a nuestro alcance, no la cultura que nos rodee.

    Dicho esto, si bien no es ni de lejos la primera vez que me preparo comida estando aquí, y menos después del desafortunado incidente con la gastroenteritis, el risotto siempre ha sido para mí una receta muy especial por un motivo tremendamente simple: Hago unos risottos que están para lamer el plato.

    El risotto es una receta de arroz muy versátil, que, similar a nuestro «arroz con cosas», puedes variar de mil maneras, siempre y cuando sigas una serie de pasos necesarios para poder considerar que sigue siendo risotto: Prepara, o ten a mano, caldo. Sofríe un poco el arroz con el apaño que quieras utilizar. Ve añadiendo cazos de caldo poco a poco para que el arroz vaya agrandando y ablandándose gradualmente. Para terminar, añade mantequilla y queso para dar esa textura tan característica una vez toque retirar del fuego, y deja reposar.

    A grandes rasgos, estos son los pasos que hacen que el risotto sea risotto, y por supuesto, la clave está en los pequeños detalles que rodean a cada paso.

    En este caso, para mi caldo elegí hacer un caldo de verduras completamente casero desde el principio, nada de pastillas, nada de bricks, y esto es más sencillo de lo que a veces nos pensamos, aunque requiere tiempo y paciencia.

    En esta ocasión preparé las verduras que tenía disponibles: Zanahoria, cebolleta, cebolla, pimiento, ajo y tomate. Las corté en trozos grandes, y las añadí a una sartén previamente precalentada con aceite de oliva virgen extra. En este paso es importante respetar un orden, basado en la dureza de cada ingrediente. Por ello, primer eché la cebolla, seguida del pimiento, la zanahoria, el ajo y, por último, el tomate, con un poco de jengibre fresco para darle pungencia. A cada paso, echaba un pellizco de sal, que es otro de mis trucos personales. En lugar de añadir sal al conjunto, me acostumbro a añadir la sal poco a poco, acompañando a cada nuevo ingrediente, para ir integrándola al mismo.

    Una vez las verduras se han sofreído sin llegar a dorarse, llega el momento de añadir el agua, pero en lugar de echarla toda de golpe, es recomendable echar primero la justa y necesaria para cubrir las verduras, de forma que suelten todo su sabor y se integre por completo en este primer caldo; de esta forma, cuando añadamos el resto de agua, el resultado será un caldo más potente y sabroso.

    Cuando las verduras se han ablandado, añadimos el resto del agua y, en esta ocasión, un chorrito de salsa de soja oscura, que le da cuerpo y umami al caldo.

    Con el agua añadida, seguimos cociendo a fuego bajo, de forma que el agua no llegue a hervir a borbotones, si no que se conforme con un burbujeo bajo y controlado, que permite concentrar mejor el sabor de nuestras verduras y especias. Hablando de especias, este es el momento de añadirlas. Yo elegí pimienta negra, perejil seco y tomillo, pero aquí podemos tomarnos todas las licencias creativas que queramos.

    Cuando el caldo haya reducido hasta tener un sabor que nos resulte adecuado, preparamos una sartén y cortamos champiñones, una cebolla, un pimiento y una cebolleta, las cuales salteamos hasta dorar ligeramente antes de añadir el arroz, con intención de sofreirlo durante uno o dos minutos antes de empezar a añadir el caldo.

    Una vez listos, echamos el caldo. La clave está en añadir un cazo, como mucho cazo y medio, remover un poco el arroz para repartir el líquido, y dejar reposar hasta que notemos que toca regar de nuevo.

    Repetimos este proceso las veces necesarias hasta que nuestro arroz tenga una consistencia suave, pero con algo de cuerpo, y mientras vamos preparando el queso y la mantequilla.

    Lo normal es utilizar una mezcla de grana padano y parmesano o pecorino romano, pero en el peor de los casos, cualquier queso viejo, fuerte y que se derrita adecuadamente nos puede llegar a servir. En esta ocasión, sólo tenía disponible el parmesano.

    Y una vez nuestro arroz tenga la textura ideal, añadimos un último cazo de caldo, dejamos reducir un poco, apagamos el fuego y añadimos nuestra mantequilla y nuestro queso rallado, removemos para mezclar bien, dejamos reposar y…

    Servimos nuestro delicioso risotto, listo para llevarnos al paraíso culinario.

    Y con esta pequeña rotura de la rutina, cierro la novena semana, listo para enfrentarme a mi décima semana en Marruecos, y seguir acumulando anécdotas que compartir en este blog.

    Novena Semana: Compartiendo Piso

    Esta octava semana incorpora una gran novedad respecto al resto de mi estancia en el programa Erasmus+, y es que he empezado a compartir piso.

    Este lunes llega una nueva becaria al Instituto Cervantes de Tetouan, y cómo viene bien para ahorrar dinero, y además estaba teniendo muchos problemas para encontrar dónde quedarse, hemos decidido compartir el piso que ocupo actualmente, aprovechando el gran tamaño del mismo.

    No negaré que había algo de dudas respecto a la decisión. Por un lado, voy a ahorrar mucho dinero, lo cual siempre se agradece. Por otro lado, era meter a una persona que no sabía si iba a ser irresponsable, ruidosa o con convicciones políticas poco deseables (No me vería compartiendo piso durante 2 meses con alguien que vote a VOX, por ejemplo…), pero nada más lejos de la realidad. Ha resultado ser una muchacha bastante progresista, responsable y con la que puedo tener conversaciones super interesantes sobre la situación actual del mundo, además del contexto no sólo geopolítico si no histórico, debido a que es una estudiante de historia centrada sobre todo en colonialismo e historia árabe y persa.

    Ha sido una adaptación rápida y sencilla, los dos primeros días dimos algún paseo para enseñarle la ciudad y los comercios locales, de forma que pueda orientarse, además de darle algún que otro consejo sobre cómo adaptarse fácilmente. Y en cuanto al piso, lo bueno de que sea tan enorme es que no tenemos ninguna dificultad para repartir el espacio de forma que podemos hacer cada uno nuestras vidas, coincidiendo poco más que en la cocina.