Soy consciente de que la semana pasada volví a jugar con las expectativas, prometiendo una segunda parte de la entrada que nunca llegó.
En mi defensa diré que, aunque el verano sea más suave que lo que me espera en mi pronta vuelta a España, estos últimos días han sido una neblina de anulamiento físico y mental debido a las altas temperaturas y el bochorno provocado por la alta humedad ambiental.
Este fin de semana iba a volver a visitar Tánger, pero al final no fue posible, así que en su lugar se ha visto sustituida por una semana tranquila en el trabajo, pesada y pastosa fuera del mismo, y una visita a la playa de la que acabo de volver a la hora de escritura de esta entrada.
En un principio el plan de playa iba a ser más largo, pero me temo que se vio interrumpido porque mi compañera de piso tuvo la mala suerte de ser azotada por un oleaje descontrolado, aterrizando sobre uno de sus tobillos y torciéndoselo en el proceso.
Así que sin más dilación, procedo a escribiros un resúmen de mi visita a Tánger, y dejaré una serie de imágenes, que dicen más que mil palabras cada una, y con esto cerraré la penúltima semana antes de regresar a casa:
Tánger es una ciudad muy diferente de Tetouan, a pesar de la cercanía. Si tuviera que hacer un símil con España, es un poco como la diferencia que puedes encontrar entre Valdemoro, o Ciempozuelos, hacia Madrid, pero esta comparación no le hace del todo justicia.
Empecemos con una confesión. No me gusta nada Madrid, especialmente el centro. Es un sitio al que he ido muchas veces porque no queda otra, pero el barullo constante, las multitudes, el nivel de polución, y las políticas cada vez más agresivas que pretenden convertir la ciudad en un espacio totalmente hostil a toda persona que no esté allí para gastarse dinero… No son cosas que pueda tolerar bien.
Pero hay una cosa que cualquiera que viva en las afueras sabe y no puede negar, y es que si quieres encontrar tiendas específicas o hacer planes distintos a pasear o tomar algo, la apuesta más segura es abandonar tu ciudad y aventurarte al centro (O como contraparte, ir al campo, según el tipo de plan).
En esos aspectos son en los que más fiel encuentro la comparación entre Tánger y Madrid, ya que, en contraste con Tetouan, es una ciudad bastante más modernizada, con gente menos apegada a las tradiciones y mayor cantidad de negocios y cosas que ver.
Por otro lado, la ciudad está mucho mejor cuidada, con calles anchas y limpias, edificios con fachadas cuidadas y más opciones de restaurantes para dietas veganas, además de una mayor presencia de parques verdes que te invitan a pasar tardes a la sombra de algún árbol, disfrutando del frescor que aportan.
En definitiva, tras varios meses viendo una cara de Marruecos en Tetouan, la visita a Tánger fue como un soplo de aire fresco, mostrándome otra cara de este país totalmente diferente, que ni siquiera sabía que existía.