Tal y cómo comenté, estas últimas semanas se ven marcadas por todos los planes que no he tenido la ocasión de ir haciendo durante los primeros meses de mi periodo de Erasmus+
En esta semana, compartí bus y taxis con mi compañera de piso para visitar Tangier, pasear con una persona con la que congeniamos durante la feria del cómic y, al fin, cumplir con mi objetivo de visitar las Cuevas de Hércules antes de abandonar Marruecos.
Dicho esto, quiero partir de un aviso honesto. Actualmente la entrada a la cueva está detrás de un muro en forma de un pago de 8 euros para visitantes extranjeros, y siendo realistas, a no ser de que las cuevas os gusten tanto como a mí, y también seáis aficionados a la mitología… No vale ese precio, con esos 8 euros podéis comer fuera un día o hacer alguna actividad que compense más el gasto.
No obstante, en mi caso si que mereció la pena. Por un lado, adoro la naturaleza en general, y las cuevas en concreto siempre han tenido algo que me transmite mucha calma y despiertan mi curiosidad, efecto que las famosas Cuevas de Hércules consiguieron con creces. Se trata de un espacio que puedes contemplar prácticamente entero nada más entrar, y aún así no deja de ser algo impresionante. Su entrada por tierra no tiene nada de especial, más allá de la mano humana habiéndola decorado para darle un toque de escenario de película y representar las doce tareas encomendadas por los dioses griegos al semidios Heracles. Pero su entrada por el mar tiene la particularidad de tener una apertura con la forma de la silueta del continente africano.
No se cuenta con demasiada información de la cueva, más allá de que las leyendas afirman que allí fue dónde Heracles descansó antes de su undécima prueba, consistente en robar las manzanas del jardín de las hespérides, y que se sabe que es una cueva de formación principalmente debida a la erosión del viento y el agua, además de haber sido explotada en tiempos de los fenicios para extraer piedra con la que construir molinos.
Además de las Cuevas de Hércules, el taxista aprovechó y nos llevó en una ruta turística a lo largo de la costa, pasando también por el faro del cabo del Espartel, al cual no pasamos, pero disfrutamos de sus vistas y de la presencia de jabalíes en la zona:
Y por último, disfrutamos de una tarde por Tangier, la cual describiré con fotografías en la segunda entrada de la semana.