Esta decimocuarta semana se ha visto marcada por un fin de semana animado, marcado por el calor veraniego.
He de destacar que soy una persona que prefiere mil veces el frío, ya que el calor y el sol intenso siempre han tenido un efecto drenante en mí. En este sentido, me siento muy en sintonía con los ordenadores, ya que literalmente noto como con el sobrecalentamiento del verano me ralentizo, mis pensamientos se hacen más pesados, y me canso mucho antes, teniendo que detenerme y refrescarme antes de poder retomar cualquier tipo de actividad.
Teniendo esto en mente, debo decir que el verano en Tetouan no es tan desagradable como allí en España. Las temperaturas máximas, aunque ya resultan intolerables para mi aguante personal, son considerablemente más bajas que en Madrid, por no mencionar que hace mucho más viento y, quizá lo más importante de todo, las noches vienen acompañadas de bajadas de temperatura significativa, sirviendo como refugio para recargar pilas.
No obstante, es cierto que el piso en el que estoy está mal equipado contra el calor, sin ningún tipo de ventilador o aire acondicionado, y con la mala suerte de que mi habitación está orientada de tal manera que durante el día y la tarde recibe el sol de lleno, lo que la convierte en un pequeño horno y me motiva a pasar más tiempo fuera, dónde la temperatura es más soportable.
A raíz de esto, este fin de semana realicé dos actividades que jamás habría previsto que se interconectarían:
El viernes me apunté junto a mi compañera de piso a un Free Tour por Tetouan, para ver si descubríamos secretos que no hubiéramos visto previamente.
Principalmente visitamos la medina, y vimos que, pese a llevar varios meses recorriéndola todos los días de camino al trabajo, aún guarda muchos secretos.
Visitamos zonas de la medina reservados para la venta de telas tejidas a mano por los Amazigh o Bereberes (Ambos nombres problemáticos y arraigados en un colonialismo que daría para escribir varias entradas en un blog totalmente diferenciado de este, pero invito a cualquier persona que lea esta entrada a investigar al respecto), así como distintas rutas que desconocíamos y que definitivamente visitaré a lo largo de estos días de forma más detenida.
También descubrí la última pieza del puzzle que permite recorrer la medina sin ningún miedo a perderse.
Las calles de la medina tratan de una serie de callejones laberínticos y estrechos, con muchas calles sin salida y muy parecidas entre sí, pero cuando sabes en qué fijarte, en realidad resulta muy sencilla de recorrer:
En Tetouan, la medina tiene 7 puertas que la conectan con diversos distritos de la ciudad, y todas sus calles siguen un código compuesto de unas losetas con símbolos grabados, y un diseño diferenciado de la parte central.
De esta manera, viendo los símbolos puedes saber qué hay en la cercanía. Un símbolo representa fuentes con agua, otro símbolo representa la presencia de una de las 7 puertas, otro símbolo representa que estás acercándote a un monumento o barrio histórico, mientras que el último símbolo representa que estás entrando a una zona reservada a la artesanía.
Además de estos símbolos, que están justo en el centro, verás un código muy simple pero efectivo para diferenciar las tres tipo de calles que componen este patrimonio de la humanidad:
Si el centro de la calle está compuesto por tres losetas paralelas entre sí, sabes que estás recorriendo una calle principal.
Por otro lado, si el centro de la calle se compone de dos losetas paralelas, es una calle secundaria.
En última instancia, te puedes encontrar una calle con una sóla fila de losetas centrales, lo cual indica que vas a dar a un callejón sin salida.
Con esta información en mente, la medina ya no guarda secretos, y lo que antes era un laberinto de callejones imponente y misterioso, ahora es incluso más sencillo de navegar que las calles abiertas y largas de cualquier ciudad moderna.
Durante nuestro free tour, hicimos buenas migas con el guía local, que nos invitó a un té y con quien hicimos planes de bajar a la playa de Cabo Negro al día siguiente.
Ese día se nos unió Llyas, un malagueño de ascendencia argelina que visitaba la ciudad durante el fin de semana, y los cuatro juntos pasamos un día lleno de risas y conversaciones sobre nuestras vidas y formas de entender el mundo, además de jugar al parchís, pasatiempo muy establecido en Marruecos, y con reglas similares pero diferentes a las de España, y, por supuesto, remojarnos en el mar.
También aprovechamos la cercanía a la playa para comer en un restaurante situado justo al lado del puerto en el que traen los peces recién pescados, y darnos una buena panzada a calamar, sardinas y gambas por un precio totalmente anecdótico:
En definitiva, tal y como prometí, este fin de semana marca el inicio de unas semanas en las que podré subir entradas más refrescantes y llenas de actividades, y más aún ahora que contamos con el contacto de una persona local dispuesta a llevarnos a mil y una aventuras, para marcar el último mes de mi estancia en Tetouan con el frenesí característico del verano.