Para la segunda entrada de esta novena semana me decanto por un formato ligeramente diferente:
En vez de hablaros sobre mi día a día, o explicar por qué he hecho ciertas cosas o no he hecho otras, voy a centrarme en dos temas concretos: Mi visita al instituto Jacinto Benavente, y una receta de risotto, porque… ¿Por qué no?
Empecemos por la visita al Jacinto Benavente. Se trata de un colegio infantil en el que se dan clases de español. Es un edificio antiguo, enorme y muy bien cuidado que la verdad es que dan ganas de quedarse en él.

Aparte del descomunal patio que sirve de entrada al centro, tienes un edificio que combina de forma bastante elegante una arquitectura claramente antigua, con facilidades y decoraciones más modernas, consiguiendo que se mezclen de forma natural.


Aunque las visitas a este centro han sido meros trámites laborales, para informar de una incidencia técnica con una pantalla táctil, la verdad es que ha sido todo un descubrimiento, y tengo muchas ganas de que llegue el sábado 23, durante el cual hay un evento del Cervantes que se organiza en el Jacinto Benavente, y seré parte del personal que estará asegurándose de que todo funcione correctamente.
Pero ahora es momento de hablar del Risotto.
Sí, soy consciente de que estoy de Erasmus+ en Marruecos y el Risotto es una receta italiana, pero vivimos en pleno siglo 21, lo único que debería detenernos a la hora de preparar alguna receta son los ingredientes a nuestro alcance, no la cultura que nos rodee.
Dicho esto, si bien no es ni de lejos la primera vez que me preparo comida estando aquí, y menos después del desafortunado incidente con la gastroenteritis, el risotto siempre ha sido para mí una receta muy especial por un motivo tremendamente simple: Hago unos risottos que están para lamer el plato.
El risotto es una receta de arroz muy versátil, que, similar a nuestro «arroz con cosas», puedes variar de mil maneras, siempre y cuando sigas una serie de pasos necesarios para poder considerar que sigue siendo risotto: Prepara, o ten a mano, caldo. Sofríe un poco el arroz con el apaño que quieras utilizar. Ve añadiendo cazos de caldo poco a poco para que el arroz vaya agrandando y ablandándose gradualmente. Para terminar, añade mantequilla y queso para dar esa textura tan característica una vez toque retirar del fuego, y deja reposar.
A grandes rasgos, estos son los pasos que hacen que el risotto sea risotto, y por supuesto, la clave está en los pequeños detalles que rodean a cada paso.
En este caso, para mi caldo elegí hacer un caldo de verduras completamente casero desde el principio, nada de pastillas, nada de bricks, y esto es más sencillo de lo que a veces nos pensamos, aunque requiere tiempo y paciencia.
En esta ocasión preparé las verduras que tenía disponibles: Zanahoria, cebolleta, cebolla, pimiento, ajo y tomate. Las corté en trozos grandes, y las añadí a una sartén previamente precalentada con aceite de oliva virgen extra. En este paso es importante respetar un orden, basado en la dureza de cada ingrediente. Por ello, primer eché la cebolla, seguida del pimiento, la zanahoria, el ajo y, por último, el tomate, con un poco de jengibre fresco para darle pungencia. A cada paso, echaba un pellizco de sal, que es otro de mis trucos personales. En lugar de añadir sal al conjunto, me acostumbro a añadir la sal poco a poco, acompañando a cada nuevo ingrediente, para ir integrándola al mismo.
Una vez las verduras se han sofreído sin llegar a dorarse, llega el momento de añadir el agua, pero en lugar de echarla toda de golpe, es recomendable echar primero la justa y necesaria para cubrir las verduras, de forma que suelten todo su sabor y se integre por completo en este primer caldo; de esta forma, cuando añadamos el resto de agua, el resultado será un caldo más potente y sabroso.
Cuando las verduras se han ablandado, añadimos el resto del agua y, en esta ocasión, un chorrito de salsa de soja oscura, que le da cuerpo y umami al caldo.
Con el agua añadida, seguimos cociendo a fuego bajo, de forma que el agua no llegue a hervir a borbotones, si no que se conforme con un burbujeo bajo y controlado, que permite concentrar mejor el sabor de nuestras verduras y especias. Hablando de especias, este es el momento de añadirlas. Yo elegí pimienta negra, perejil seco y tomillo, pero aquí podemos tomarnos todas las licencias creativas que queramos.
Cuando el caldo haya reducido hasta tener un sabor que nos resulte adecuado, preparamos una sartén y cortamos champiñones, una cebolla, un pimiento y una cebolleta, las cuales salteamos hasta dorar ligeramente antes de añadir el arroz, con intención de sofreirlo durante uno o dos minutos antes de empezar a añadir el caldo.
Una vez listos, echamos el caldo. La clave está en añadir un cazo, como mucho cazo y medio, remover un poco el arroz para repartir el líquido, y dejar reposar hasta que notemos que toca regar de nuevo.

Repetimos este proceso las veces necesarias hasta que nuestro arroz tenga una consistencia suave, pero con algo de cuerpo, y mientras vamos preparando el queso y la mantequilla.
Lo normal es utilizar una mezcla de grana padano y parmesano o pecorino romano, pero en el peor de los casos, cualquier queso viejo, fuerte y que se derrita adecuadamente nos puede llegar a servir. En esta ocasión, sólo tenía disponible el parmesano.
Y una vez nuestro arroz tenga la textura ideal, añadimos un último cazo de caldo, dejamos reducir un poco, apagamos el fuego y añadimos nuestra mantequilla y nuestro queso rallado, removemos para mezclar bien, dejamos reposar y…

Servimos nuestro delicioso risotto, listo para llevarnos al paraíso culinario.
Y con esta pequeña rotura de la rutina, cierro la novena semana, listo para enfrentarme a mi décima semana en Marruecos, y seguir acumulando anécdotas que compartir en este blog.