







Volando hasta Tetouan
El viernes 27, a las 5 de la mañana, ponía rumbo al aeropuerto de Barajas para empezar una aventura de 4 meses de duración en Tetouan, Marruecos.
A las 9 de la mañana me despedía de mi familia para entrar en la zona de embarques, sintiendo una mezcla entre excitación y curiosidad por las nuevas experiencias que estaba a punto de vivir.

El vuelo de Madrid a Casablanca no tuvo mayor inconveniencia. Pero una vez aterricé en el mencionado aeropuerto, en el que debía hacer escala, comenzó la verdadera aventura.
Al salir del avión, me encontré con un edificio cuya cartelería era escasa y poco esclarecedora, y un personal que respondía a las preguntas de mala gana, y sin posibilidad de comunicarse en español ni en inglés.
Con estas condiciones, navegué como pude por el lugar, manteniendo en mi mente la duda sobre si mi maleta de bodega iría directa a Tetouan, tal y cómo me aseguraron desde Barajas, o si realmente tenía que recogerla aquí de cara al siguiente tramo del trayecto.
Una vez pude encontrar una persona con la que hablar en inglés, me confirmó que ya sería en Tetouan dónde recogería y facturaría dicha maleta. Y sin más dilación, cogí el autobús interno del aeropuerto para dirigirme al siguiente avión, el que me llevaría a mi localización definitiva.
Se trataba de un avión de hélices, un modelo que parecía haber visto los cielos incontables veces, y, tras escuchar las típicas instrucciones de megafonía de los vuelos, explicadas primero en árabe y luego en francés, pusimos rumbo al fin.
Las vistas durante este segundo vuelo he de decir que fueron impresionantes. Sobrevolamos el mar durante varios minutos, sin nada de tierra a la vista hacia ningún lado. Una vez llegamos al continente, nos encontramos con otro mar, uno de nubes bajas y densas, que nos impedían ver lo que hubiera detrás de esa cortina, y finalmente, rasgamos esa cortina y empezamos a ver Tetouan.
Al desembarcar me llevé la primera mala noticia de mi experiencia. Mi maleta de bodega no había llegado, la mitad de mi ropa iba en ella. No obstante, el personal del aeropuerto de Tetouan era la antítesis del personal de Casablanca, todos me atendieron amables, con una sonrisa y esforzándose en comunicarse en inglés y español. Rellené una reclamación sobre la maleta y me informaron que les llamara el sábado para ver si venía en un vuelo programado para el domingo.
Con este aterrizaje forzoso, puse rumbo a mi primer estancia en Tetouan, un Riad situado en la Medina de la ciudad, llamado El Reducto. Allí pasé mi primera tarde/noche, llegué tan reventado que una vez pisé mi habitación, no salí de ella. Simplemente dejé mis cosas, miré dónde me podía hacer con una tarjeta SIM local para poder llamar al aeropuerto, me di un baño y acabé mi día sin ni siquiera cenar.
Al día siguiente, salía del Riad para ir a mi piso definitivo y de paso hacerme con mi tarjeta local. Esto terminó siendo una odisea mayor de la que pensaba.
Tetouan es una ciudad que está entre la costa y las montañas, esto significa que hay un sin fin de cuestas que superar, y no voy a negar que los últimos años de curso había sacrificado bastante mi forma física, al centrarme en los estudios.
Por si esto fuera poco, no tuve en cuenta que durante el Ramadán, los horarios de los negocios se vuelven bastante limitados, teniendo sólo unas horas muy concretas para poder hacer las compras que sean necesarias, con lo que al llegar a la tienda Orange, me la encontré cerrada.
No pasa nada, me dije. Me propuse buscar mi piso, y volver a salir por la tarde.
El camino a mi piso fue todo cuesta arriba, y desde la tienda Orange eran 33 minutos de paseo cargando con una maleta y un maletín, a pleno sol, sin haber cenado ni desayunado, porque caí en el error de pensar que ya podría desayunar tranquilamente una vez allí.

Al menos pude aprovechar para ver un poco la ciudad. Se trata de un lugar lleno de gatos callejeros, y comida que los locales les dejan a cada dos pasos. A diferencia de los gatos callejeros que puedas encontrar en zonas de Madrid, estos estaban totalmente acostumbrados a la presencia humana, y podías caminar a su lado sin que se perturbaran y salieran corriendo.
Cuando por fin llegué a mi piso, compré algunos suministros de supervivencia básica, y preparé mi primera comida. Unos sencillos macarrones con tomate y atún.

Con fuerzas renovadas, salí para hacerme mi tarjeta SIM, pero una vez más, fui víctima de los horarios de Ramadán. Acostumbrado a la vida en Madrid, esperé a las 18:30 a salir, y estaba todo cerrado excepto cafeterías y restaurantes. El motivo es que a las 18:00 los negocios cierran, ya que es la hora en la que comienzan los ritos y la gente empieza sus comidas de Ramadán.
Derrotado, volví a casa y me propuse hacerme con la tarjeta el próximo día costara lo que costara. Y así fue. Pude hacerme la tarjeta, contactar con el aeropuerto, y recibir la buena noticia de que podría recoger mi maleta sin problemas el domingo.
Y esto es todo por ahora. Esta tarde subiré otra entrada, en la que hablo de mi primera semana en Tetouan, de todas las dificultades, experiencias e impresiones que he ido experimentando.