Después de la montaña rusa de emociones de la semana pasada con la visita de mi pareja, cualquiera pensaría que me iba a quedar en casa de bajón, ¡pero nada más lejos de la realidad! Esta séptima semana ha sido un no parar. Es curioso, pero haber hecho de guía por Milán y el Lago me ha activado un chip nuevo: el de exprimir cada hora libre como si fuera la última.
En el trabajo, sigo manteniendo mi rutina a rajatabla. Tengo mis prioridades clarísimas y sé que los deberes van primero, así que cumplo con mis objetivos con la misma disciplina de siempre. Eso sí, en cuanto cierro el portátil, el cuerpo me pide calle. He pasado de la paz absoluta del lago a un modo mucho más sociable; esta semana he estado saliendo muchísimo más, descubriendo locales nuevos y diciendo «sí» a casi cualquier plan que surja por Bérgamo.
Me he dado cuenta de que ya me muevo por la Città Alta como si llevara viviendo aquí toda la vida. He cambiado las tardes de sofá por aperitivos interminables en las plazas y caminatas para descubrir rincones que los turistas ni huelen. Es una sensación genial: tengo esa estructura y foco que me da el trabajo, pero a la vez estoy viviendo la ciudad con una intensidad renovada.
La verdad es que le he cogido el gusto a este equilibrio. Salir más me ha permitido conocer gente nueva y empaparme del ambiente local, pero sin perder de vista que estoy aquí con un propósito. Si la semana pasada fue la de la tranquilidad y los paisajes de postal, esta ha sido la de la energía y el movimiento. ¡Bérgamo todavía tiene mucha guerra que dar y yo no pienso perderme ni un segundo!









