La segunda mitad de la semana ha sido bastante más tranquila, introspectiva y casera, dedicada casi en su totalidad a la apasionante y nada aburrida tarea de rellenar formularios, validar firmas y terminar el papeleo infinito de la universidad para dejar todo legalizado de cara a la vuelta a España, que ya es en solo ocho días. Entre contratos de prácticas, certificados y el inicio de organizar mentalmente la maleta para que quepa todo lo acumulado en este tiempo, no ha habido espacio para grandes escapadas en tren ni viajes locos de última hora, pero la verdad es que el cuerpo me pedía parar un poco, descansar y asimilar todas las emociones acumuladas. El momento verdaderamente especial y mágico de estos días —y probablemente uno de los mejores recuerdos de toda mi estancia— fue la última noche de los únicos amigos que me quedaban aquí antes de que tuvieran que coger su vuelo de regreso a casa. Nos subimos a la terraza de su piso con algo de beber y nos dieron las cuatro de la mañana sin apenas darnos cuenta, simplemente arreglando el mundo, hablando de lo que nos depara el futuro y recordando las mil anécdotas, risas y choques culturales que nos llevamos grabados de este Erasmus. Mirar el perfil iluminado de Bérgamo de madrugada en completo silencio con la gente que ha hecho que esta experiencia sea verdaderamente inolvidable fue el broche de oro perfecto, recordándome que, aunque la aventura italiana se termine y toque volver a la realidad de la rutina, las personas y los momentos se vienen conmigo para siempre bien guardados en la maleta. ¡Comienza la cuenta atrás definitiva para el regreso!