Semana 8: Luchando contra la rutina

Os escribo estas líneas con los gemelos todavía echando fuego pero con el corazón a mil por hora, sentado literalmente en lo alto de la meseta de Piani d’Erna. Tengo a mis pies la ciudad de Lecco y, un poco más allá, esa silueta tan inconfundible del Lago de Como recortándose entre las montañas. Si cierro los ojos, aún noto el aire frío de la cima, pero ahora mismo el sol pega con ganas y la recompensa de estar aquí arriba hace que cada kilómetro de subida haya valido la pena. Esta segunda mitad de mi octava semana de Erasmus en Bérgamo ha dado un giro radical respecto a los primeros días, y la verdad es que necesitaba desconectar de la ciudad y de tanto asfalto para perderme un poco por las alturas.

La semana empezó de una forma bastante metódica y tranquila en el trabajo. Me he pasado los días rodeado de destornilladores de precisión y pantallas, centrándome sobre todo en reparaciones técnicas que, aunque entretenidas, te dejan la cabeza frita. He estado liado con de todo un poco: desde los típicos cambios de baterías que parecen sencillos hasta que te encuentras un tornillo pasado de rosca, hasta peleas intensas con el software de varios equipos que se negaban a arrancar. También me ha tocado lidiar con el drama de los bloqueos de cuentas y accesos, algo que parece una tontería pero que te lleva media mañana entre verificaciones y configuraciones. El ambiente en el taller ha sido relajado, con ese ritmo italiano donde siempre hay hueco para un buen café entre placa base y placa base, pero sentía que me faltaba algo de movimiento antes de que terminara la semana, sobre todo porque los próximos días pintan bastante planos y sin mucho ajetreo en la agenda.

Así que, ni corto ni perezoso, decidí que era el momento de mi primera gran aventura en solitario por los Alpes Lombardos. Preparé la mochila con lo básico y puse rumbo a Lecco para subir andando hasta aquí. Al principio, la soledad del sendero impone un poco, sobre todo cuando te das cuenta de lo pequeña que es tu figura frente a esas paredes de roca tan brutales, pero es increíble cómo se agudizan los sentidos cuando vas solo. A mitad de camino tuve la suerte de cruzarme con un grupo de ingleses que iban exactamente hacia el mismo refugio que yo. Fue un puntazo encontrarlos porque, además de practicar un poco el idioma y echar unas risas con sus anécdotas de viaje, me sirvió para subir con un extra de motivación cuando las piernas empezaban a flaquear en los tramos más empinados.

Pasar la noche en un refugio de alta montaña ha sido, sin duda, el «peak» de mi experiencia Erasmus hasta ahora. No hay nada que se compare con el silencio absoluto de la noche a esta altitud y esa sensación de comunidad que se crea entre los que estamos allí arriba compartiendo una cena caliente después de la paliza de caminar. Las vistas que he tenido al despertar hoy son, sencillamente, excepcionales; de esas que te obligan a guardar el móvil un rato porque ninguna foto le hace justicia a la inmensidad del paisaje. Me bajo de la meseta con la convicción total de que esta experiencia la voy a repetir mucho más a menudo. Bérgamo es una joya, pero tener esta naturaleza a un paso de casa es un lujo que no voy a desaprovechar. Ahora me toca bajar con calma, disfrutar de las últimas vistas del lago y prepararme para una semana que, si todo sale según lo previsto, será de descanso total antes de la siguiente aventura.

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